Esta Semana Santa ha sido distinta. Pero en nuestra mente ha estado presente como siempre. Han estado sus imágenes, han estado sus sonidos, han estado los sentimientos. Todo ha estado presente.

Solo había que abrir la ventana y escuchar una marcha en la lejanía para advertir que estábamos en plena Pasión y, con la imaginación, viajar hacia las calles y plazas de nuestra ciudad para sumergirnos en ese mar de sensaciones que componen nuestros días más grandes.

El Jueves de Pasión cerré los ojos y sentí los ecos de la gente caminado en pos del Nazareno de San Frontis. En ese momento supe que si, que este año si  que habría Semana Santa. Claro que la habría, solo tendríamos que sentirla con la fuerza del corazón todos y cada uno de los días.

Y así fue… así subí la cuesta de San Pedro, camino de la Catedral; desde allí volé al cementerio, donde miles de almas aguardan nuestro recuerdo; sentí el trémolo de las palmas en la plaza mayor, donde recordé que la Muerte no es el Final, ni ahora ni nunca. También bajé a Santa Lucía, donde Zamora se torna Jerusalén; crucé el puente, camino de San Frontis, haciendo el Vía Crucis de mi corazón. Pisé las calles de los barrios bajos y pude escuchar siete veces el último aliento de Cristo… y juré silencio a sus pies y, junto al río, pude ver esos cardos que ennoblecen su calvario.

También vi como el rocío de la mañana besaba, atrevido, la frente de la Madre; percibí el aroma familiar de la tarde de terciopelo morado más zamorana y fraternal y, en la noche cerrada, escuché lejano el salmo misericordioso de esas almas que se fueron.

Y cuando todo parecía estar en calma, cuando la ciudad dormía, pude oír la llamada del Merlú. Mi corazón dio un vuelco, me asomé por la ventana y me llegó, nítido y claro el arrullo musical de la madrugada más larga, más bella y más sentida: Thalberg.

Con mi mente viajé a las rúas y me llegaron los acordes del solemne entierro de Cristo; y vi su cuerpo descansar sobre el regazo materno en esa noche de Angustias. Y vi a esa Madre en la plaza mayor, entre un mar de tulipas encendidas. Soledad no estaba sola. Y yo tampoco.

Todo estaba consumado, casi había pasado la semana y yo había vivido mi Pasión, la auténtica; la que tiene su hueco el corazón; la que no termina nunca; la que no se puede ver, ni oír pero se siente de verdad.

De nuevo llega la Pascua, el despertar a la nueva vida, el resurgimiento después del sufrimiento. Cristo se aparece victorioso tras el tormento y todos celebramos con júbilo su vuelta a la vida eterna.

Como Él, nosotros triunfaremos y pronto saldremos del letargo en el que nos ha sumido este confinamiento. Ese día, como Cristo, despertaremos a la vida, a la libertad. Ese momento, cada vez más cercano nos permitirá valorar el mundo que nos rodea y daremos gracias por vivir, por ser… por estar.

Juan Carlos Izquierdo

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