Como cada Viernes Santo

Cae la noche en uno de los días más largos de todo el año, Zamora ha salido a la calle en la mañana del jueves para acompañar a la Esperanza en su regreso a la Santa Iglesia Catedral, y desde entonces el descanso para la mayoría de zamoranos y zamoranas ha sido escaso. Ya en la tarde del viernes, la procesión del Santo Entierro está en la calle, y cuando comienza su regreso hacia la catedral, en casa con mi hermana, (el desfile es más especial si cabe desde que sale ella conmigo) empezamos los preparativos para la noche, cogemos todo, pero lo revisamos unas cuantas veces, que nunca está de más.

Salimos como cada viernes santo a reunirnos con la familia, sabemos que no es de sangre, pero en verdad es como si lo fuesen. Aún recuerdo cosas de mis primeros desfiles, pocas he de reconocerlo, pero hay algo que nunca se me olvidará, siempre fui cogido de la mano con David, éramos muy pequeños los dos y desde entonces inseparables, eso sí hasta que mis pies dijeron basta y mi madre tuvo que sacarme de la procesión porque ya no podía caminar más, siempre estaba pendiente, se colocaba a verla en diferentes sitios porque sabía que podía cansarme y quería estar cerca para cuidarme.

Cada año se ha ido haciendo más especial esa cita de Viernes Santo, nunca se sabe con qué imitación nos deleitaría este año el padrino, las cañas zamoranas de Pilar, la ternura de Vale, la devoción que siempre me han transmitido Pilar y Emma, la timidez de Aidé, la risa incontrolable de Patricia, por supuesto Silvia y David los grandes ausentes de estos últimos años, el punto de locura de Chuchi, la inocencia de los pequeños Eva y Ángel, son el futuro de nuestra cantera y todos los que me faltan por nombrar. Este año sería una ocasión especial, estaría David después de muchos años por fin con nosotros, cuando me dio la noticia sentí una felicidad inmensa, cada viernes santo le mando la foto de nuestro primer desfile para que sepa que aunque en la distancia estamos juntos acompañando a nuestra virgen.

Como cada año y cumpliendo la tradición, vamos con el tiempo bastante justo, ultimamos preparativos en la calle del riego colocados en nuestra fila, guantes, caperuces, nos organizamos el grupo, sabemos quién va el primero y quien el último para que no haya despistes. El desfile comienza, pasamos por delante de las imágenes y como no al llegar a ella es inevitable contener la emoción, una madre desolada por la pérdida de su hijo, 25 años a su lado en cada noche del viernes santo, siempre que el tiempo nos lo ha permitido. Todo marcha según lo previsto, cantamos todos juntos La Salve en la plaza mayor, el desfile va llegando a su fin, otro viernes santo que se acaba, otro viernes santo que hemos cumplido la promesa que hicimos hace tiempo, abrazos y besos para poner fin al día, y lo que más nos hace falta estos días, salud para el año que viene.

Y aunque sabemos que este año será diferente, solo nos queda pensar que tenemos que empezar a valorar cada momento especial que tengamos para vivir, dándole la importancia que se merece y por supuesto que tengamos salud para repetir todas nuestras tradiciones año tras año durante mucho tiempo.                                                                                                            

Rubén Vicente Coria

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