NOCHE PARDA

Llevamos ya tres noches en las que nuestros ojos ven pasar ante sí imágenes de Pasión de madrugada, Cristos crucificados. Noches en las que,  puntuales a las 0:00 horas, se abren las puertas de la iglesia correspondiente y empiezan a desfilar hermanos en el más profundo silencio, roto tan solo por el ruido del ambiente, los tambores, los hachones que portan y el crepitar de sus velas.

Esta noche, la última en la que sale una procesión tan tarde -aunque nunca lo sea para un zamorano, ya que en estas fechas, nadie duerme-, no va a ser menos que el resto, aunque si diferente. Estamos acostumbrados a la estameña, al caperuz de colores, al raso en algunos días o incluso al terciopelo en otros. Pero ver una capa nos sorprende, al igual que sorprende a cualquiera que venga a Zamora en estas fechas tan santas.

Una capa alistana es el hábito característico de esta Hermandad, pero no es el único rasgo que la hace totalmente mágica este Miércoles que ya es Jueves. La presencia de un bombardino que languidece en cada nota, que murmura bajito para que nadie le escuche o  la matraca que resuena por toda la ciudad para que sepamos dónde se halla, son otros elementos que no vemos en ninguna otra cofradía.

Bien es cierto que cada una tiene un elemento característico: las Siete Palabras su tambor destemplado; el Espíritu Santo su campanil; el Yacente la campana del viático…. ¿Pero cuántas veces habéis visto un bombardino?

Rasgos singulares son los que porta esta Hermandad. Es la que menos hermanos alberga en ella y aunque hay lista de espera, muy pocos entran cada año. Desfilan formando una cruz con sus cuerpos, algo que si ves desde lo alto, es absolutamente maravilloso. Portan un farol de hierro forjado, que al igual que la capa, le aporta esa estética exclusiva de la localidad alistana, recordándonos al ambiente rural de años atrás.

No hay otra procesión tan especial como esta. Llegamos de ver las calles inundadas de blanco y rojo, una fiesta visual, y de repente nos encontramos con una capa parda, oscura como la noche en la procesionan. Si apagan las luces, tan solo se alumbran con el farol, el cual goza de una luz escasa, suficiente para ver el sendero que han de recorrer. 

Hasta que la vista se acostumbra al entorno, ves bultos oscuros que se mueven muy lentamente. De repente, escuchas una matraca y te asustas porque no te esperas su sonido ni su presencia.

Finalmente, a lo lejos ya se puede divisar otra luz algo más brillante, pero tenue. Es nuestro Cristo del Amparo, ese que sale cada miércoles a recorrer las angostas calles de Zamora, a amparar a los más necesitados. Camina lento, cansado de tanto sufrimiento  y crueldad que ha tenido que soportar desde que entró triunfante en la ciudad. Parece mentira como las personas que lo proclamaron rey, fueron las mismas que lo entregaron a los soldados. Y Cristo aguantó e intercedió por nosotros.

Hoy nos sigue amparando desde los muros de su iglesia románica, a las orillas del Duero; y esta medianoche, tendremos la sensación de que ha salido de su refugio para protegernos, para darnos aliento en estos días que tanto lo necesitamos. Nos dará el Amparo que buscamos, porque en él también descansa mi querida tía, quien lleva el nombre de este nuestro Cristo.

No nos dejes caer y líbranos del mal.

Verónica Viñuela

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