No habrá nervios. Será, seguramente lo único distinto.

Cerraré los ojos y sentiré el tacto de mi madre colocando la túnica de estameña, el fajín morado, los guantes de algodón, el pañuelo de seda; todo sobre la cama. Las sandalias en el suelo y mi padre dándole los últimos toques al caperuz.

El medallón al cuello: ¿el mío o el del fundador?

El silencio como siempre y la emoción contenida.

No habrá paseo desde Santa Eulalia hasta Santa María. No habrá problemas para sortear la entrada de la Dolorosa de la Vera Cruz.

No habrá momentos de meditación y algún Padre Nuestro durante la espera en la iglesia del Motín.

No habrá apretones ordenados.

No habrá Cruz guía.

No habrá clavos.

No habrá corona.

No habrá esquilas de Viatico.

No existirá el cansancio –cada año mas-.

No habrá ni cuestas ni callejuelas. Ni cerilleros. Ni celadores. Ni abades.

No estará El Cristo en la calle. No habrá luces ni sombras.

Y pasada la medianoche imaginando la plaza cuadrada, la de los brazos arbóreos, cerrando los ojos y sin contener la emoción cantaré y recitaré los versículos del salmo 51.

Jesús Salvador.

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